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El Destino de Diego

Capítulo 1: El Destino Cruza las Fronteras del Tiempo

Time Travel History Rewrite

# EL DESTINO DE DIEGO

## Capítulo 1: El Destino Cruza las Fronteras del Tiempo

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Los cristiales del rascacielos reflejabann las luces de Ciudad de México como mil estrellas cautivas. Mateo Guerrero, de cuarenta y dos años, se servía un whisky escocés de treinta años mientras observaba su imperio financiero desde el piso cuarenta y cinco. Las Torres Guerrero eran el monumento a su éxito, una prueba inquebrantable de que él, el hijo olvidado de una familia humilde de Guadalajara, había conquistado el mundo de las finanzas internacionales.

—Todo lo que toco se convierte en oro —murmuró para sí mismo, levantando la copa en un brindis solitario hacia la ciudad que se extendía a sus pies.

Su asistente personal, una mujer eficiente y discreta llamada Carmen, entró al despacho con la urgencia reflejada en su rostro.

—Señor Guerrero, su madre al teléfono. Insiste en que es urgente.

Mateo frunció el ceño. Su madre, Doña Sofía, rara vez lo llamaba a estas horas. Y cuando lo hacía, nunca era para dar buenas noticias.

—Pásela —ordenó, sintiendo un presentimiento en el est��mago.

La voz de su madre, quebrada por el llanto, atravesó el altavoz como una daga.

—Mateo, hijo... tu padre... tu padre ha muerto.

Las palabras golpearon su pecho con una fuerza inesperada. Roberto Guerrero, el hombre que había trabajado toda su vida en los campos de agave, que había sacrificado todo para que su hijo estudiara, que nunca le pidió nada a cambio... ahora yacía sin vida en algún lugar de Jalisco.

—¿Cómo? ¿Cuándo? —las palabras salieron entrecortadas.

—Un infarto, hijo. Fue repentino. El médico dice que no sufrió, pero... —la voz de Doña Sofía se quebró—. Necesito que vengas. Por favor.

Mateo miró su reloj. Eran las once de la noche. El helicóptero corporativo estaba listo en la azotea. En tres horas podría estar en Guadalajara.

—Voy para allá, mamá. No llores más. Estaré ahí.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la ciudad que tan orgullosamente había contemplado minutos antes. Ahora, esas luces le parecían frías y distantes, como los ojos de un extraño.

*El dinero no puede comprar más tiempo*, pensó con amargura. *Ni el whisky más caro puede curar el dolor de perder a un padre.*

El helicóptero surcaba el cielo nocturno de México cuando la tormenta estalló sin advertencia. El piloto, un veterano con miles de horas de vuelo, luchaba contra las ráfagas de viento que sacudían la aeronave como si fuera un juguete.

—¡Señor, tenemos que aterrizar! ¡El clima está empeorando! —gritó el piloto por encima del rugido del motor.

Mateo asintió, aferrándose al asiento mientras el helicóptero descendía violentamente. Un relámpago iluminó el cielo, y por un instante, vio su propio rostro reflejado en el cristal, pálido y aterrorizado.

*¿Es así como termina todo?* pensó. *¿Después de construir un imperio, después de ganar todas las batallas financieras, voy a perder la vida en una tormenta estúpida?*

El impacto fue devastador. El mundo se convirtió en un torbellino de luz, sonido y dolor. Y luego, todo se desvaneció en la oscuridad más absoluta.

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El primer indicio de que algo estaba terriblemente mal fue el olor. No era el olor a combustible quemado o a medicina estéril que esperaba. Era el aroma inconfundible de pólvora, tierra húmeda y... ¿sangre?

Mateo abrió los ojos y lo que vio lo dejó paralizado. No había hospital, no había restos de helicóptero, no había médicos corriendo de un lado a otro. En su lugar, se encontraba en lo que parecía ser una tienda de campaña militar, tendido en una camilla de lona sucia, rodeado de hombres heridos que gemían de dolor.

—¡Ya despertó el muchacho! —exclamó una voz ronca a su lado.

Mateo giró la cabeza y vio a un hombre de unos cincuenta años, con barba gris y uniforme raído que no reconocía. El hombre llevaba un sombrero de ala ancha y una canana cruzada sobre el pecho.

—¿Dónde... dónde estoy? —logró articular Mateo, con la garganta seca como el desierto.

El hombre mayor soltó una carcajada amarga.

—La fiebre te ha hecho olvidar, muchacho. Estamos en Puebla, o lo que queda de ella. Los malditos franceses nos tienen rodeados, pero no se rinden, muchacho. El presidente Juárez no se rinde.

*¿Juárez? ¿Franceses? ¿Puebla?*

Mateo intentó incorporarse, pero una punzada de dolor en su hombro izquierdo lo detuvo. Miró hacia abajo y vio un vendaje manchado de sangre alrededor de su brazo.

—¿Qué fecha es hoy? —preguntó, con el corazón latiendo violentamente.

El hombre mayor lo miró con extrañeza.

—El quince de abril de mil ochocientos sesenta y cuatro, muchacho. ¿Seguro que estás bien? Quizás el médico debería revisarte de nuevo.

*Mil ochocientos sesenta y cuatro. Mil ochocientos sesenta y cuatro.*

Las palabras resonaron en su mente como truenos. Era imposible. Era una locura. Pero mientras miraba a su alrededor, mientras veía los uniformes antiguos, las armas de fuego que solo conocía por los museos, las velas que iluminaban la tienda en lugar de electricidad... la verdad comenzó a abrirse paso en su cerebro aturdido.

*Estoy en el pasado. De alguna manera, he viajado al pasado.*

—¿Cómo te llamas, muchacho? —preguntó el hombre mayor, mirándolo con preocupación—. Soy el Sargento Ramírez, pero todos me dicen "El Viejo".

—Yo... —Mateo dudó. ¿Debía decir su verdadero nombre? ¿O acaso ahora tenía otra identidad?

—¡Diego! ¡Diego Mendoza! —intervino otro soldado que pasaba cerca—. ¿Ya olvidaste tu propio nombre, compañero? Eres tú el que siempre habla de tu rancho en Veracruz.

*Diego Mendoza. Ahora me llamo Diego Mendoza.*

—Sí... perdón, sargento. La fiebre me tiene confundido —respondió Mateo, o más bien Diego, aceptando su nueva realidad.

El Viejo Ramírez le dio una palmada en el hombro sano.

—Descansa, muchacho. Mañana tendremos que movernos. Los imperialistas se acercan, y el coronel Díaz quiere que estemos listos para la retirada estratégica.

*¿Coronel Díaz? ¿Porfirio Díaz?*

Mateo, ahora Diego, cerró los ojos mientras su mente procesaba la información. Era un experto en historia mexicana, una pasión heredada de su padre. Sabía exactamente dónde estaba y qué estaba pasando. La Intervención Francesa. El Segundo Imperio Mexicano. Maximiliano de Habsburgo sentado en un trono que no le pertenecía.

*Y yo estoy aquí, en medio de todo esto, en el cuerpo de un soldado raso llamado Diego Mendoza.*

Pero había algo más, algo que lo aterrorizaba y emocionaba al mismo tiempo. Conocía el futuro. Sabía qué pasaría. Sabía quién ganaría y quién perdería. Y ese conocimiento, en las manos correctas, podía cambiarlo todo.

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Tres días después, Diego caminaba por las calles de un pueblo semidestruido cerca de Puebla. Su herida había sanado lo suficiente como para permitirse caminar, y el Viejo Ramírez le había encomendado una misión: buscar provisiones entre los lugareños que simpatizaban con la causa republicana.

La guerra había devastado la región. Casas de adobe con techos derrumbados, campos de maíz pisoteados por los caballos de la caballería francesa, mujeres con ojos vacíos que sostenían a niños hambrientos. Era el rostro de la guerra que los libros de historia nunca podían capturar completamente.

—¡Vende tu alma al diablo si quieres, pero no tendrás mi maíz! —una voz femenina, altiva y desafiante, llegó a sus oídos.

Diego se detuvo detrás de una esquina y observó la escena. Tres soldados franceses rodeaban a una mujer joven que protegía un saco de granos con su cuerpo. La mujer, de cabello negro como la medianoche y ojos que disparaban rayos, vestía ropas finas que contrastaban con la miseria del entorno.

—Mademoiselle, no somos bandidos. Somos soldados del emperador Maximiliano —dijo uno de los franceses en un español pesado—. Estos alimentos son para el ejército imperial.

—¡El emperador es un usurpador extranjero! —respondió la mujer con furia—. Y estos granos son para las viudas de los soldados republicanos que murieron defendiendo México. ¡Tóquenlos y los maldigo para siempre!

Diego sintió una admiración inmediata por aquella mujer. A pesar de su vestimenta elegante, hablaba como una verdadera patriota. Pero también sabía que los soldados franceses no tendrían piedad si ella continuaba desafiándolos.

Sin pensarlo dos veces, salió de su escondite.

—¡Señores! —exclamó, adoptando la postura más autoritaria que su uniforme raído permitía—. Esta dama tiene razón. Estos granos están destinados a las viudas de nuestros compatriotas. ¿O es que los soldados del gran emperador necesitan robarles a las mujeres indefensas?

Los tres franceses se giraron hacia él, y por un momento, Diego se preguntó si había cometido el error más grande de su vida. Pero algo en su voz, quizás el tono de un hombre acostumbrado a mandar, los hizo dudar.

—¿Quién eres tú, perro republicano? —preguntó el líder francés, llevando la mano a su espada.

—Un hombre que conoce la diferencia entre el honor y la cobardía —respondió Diego, manteniéndose firme—. Y que sabe que si tocan a esta dama, el coronel Díaz sabrá quién fue el responsable. Tenemos espías en todas partes, ¿saben?

Era una mentira, pero funcionó. Los franceses se miraron entre sí, y después de un momento de tensión, el líder escupió en el suelo.

—Váyanse, pues. Pero recuerda, el imperio siempre cobra sus deudas.

Los tres soldados se alejaron, dejando a Diego y a la mujer solos en la calle polvorienta. Fue entonces cuando ella se giró hacia él, y Diego pudo ver su rostro completamente por primera vez.

Era hermosa, sí, pero no era una belleza

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