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El Destino de Diego

Capítulo 2: Corazones Divididos por la Guerra

CEO Falls in Love

# Corazones Divididos por la Guerra

El sol de Puebla caía implacable sobre los campos de batalla, pero dentro del salón principal de la hacienda Monteverde, la temperatura era aún más sofocante. Valentina permanecía inmóvil frente al espejo de marco dorado, mientras su doncella le ajustaba los botones de perla del vestido de seda francesa que su madre había encargado expresamente para esa ocasión.

—No puedo creer que esto esté sucediendo —murmuró, viendo su propio reflejo como si perteneciera a una extraña.

Doña Eduviges entró en la habitación con la solemnidad de quien porta una sentencia de muerte. Su vestido negro de viuda contrastaba dramáticamente con la juventud radiante de su hija. Detrás de ella, la tía Refugio arrastraba los pies, con los ojos bajos y las manos temblorosas aferrando un rosario desgastado.

—Debes creerlo, mi niña —declaró Eduviges con voz helada—. El Coronel Duarte será tu esposo, y agradecerás a Dios cada día de tu vida por esta bendición.

—¿Bendición? —Valentina se giró violentamente, haciendo que las enaguas crujiaran como truenos—. ¿Llamas bendición a casarme con un hombre que sirve a los invasores de nuestra patria? ¿Un hombre cuya crueldad es conocida en todo el estado?

—¡Valentina! —La mano de doña Eduviges estalló contra la mejilla de su hija con la fuerza de un latigazo—. Nunca más vuelvas a hablar así del Coronel. Él tiene el poder de protegernos cuando los franceses tomen México. Mientras otras familias perderán todo, los Monteverde prosperarán.

Valentina llevó la mano a su rostro, sintiendo el calor de la bofetada. Pero fue el frío de las palabras de su madre lo que le heló el corazón.

—¿Y mi opinión no importa? ¿Mi felicidad no cuenta para nada?

La tía Refugio levantó la vista por primera vez. Sus ojos, habitualmente nublados, brillaban con una extraña intensidad.

—La felicidad... —murmuró la anciana— es un lujo que las mujeres de esta familia nunca hemos podido permitirmos.

Doña Eduviges se giró hacia su hermana con advertencia en la mirada.

—Refugio, ve a vigilar que la cocina prepare el banquete como corresponde. No quiero que el Coronel Duarte encuentre ninguna falta en nuestra hospitalidad.

La tía abandonó la habitación, pero no antes de cruzar una mirada con Valentina que contenía algo parecido a la compasión... y tal vez, algo más.

***

A tres leguas de distancia, en el campamento militar del General Zaragoza, Mateo observaba el horizonte donde las tropas francesas se perfilaban como una tormenta inminente. Su uniforme de soldado raso estaba manchado de tierra y sangre, pero sus ojos brillaban con la determinación de quien conoce el futuro.

*"El 5 de mayo de 1862"* pensó, recordando las lecciones de historia que había estudiado en otra vida, en otro tiempo. *"Los franceses son el ejército más poderoso del mundo, pero Zaragoza los derrotará. Y yo estaré ahí para asegurarme de que así sea."*

—¡Soldado Mateo Villanueva!

La voz del sargento lo sacó de sus pensamientos. Se cuadró inmediatamente, presentando armas con la precisión de quien había practicado ese gesto mil veces.

—¡Presente, mi sargento!

—El General Zaragoza desea verlo. Inmediatamente.

Mateo sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. No era miedo —había enfrentado situaciones peores en su vida anterior como empresario— sino la certeza de que su momento había llegado.

El General Ignacio Zaragoza estaba inclinado sobre un mapa desplegado en una mesa de campaña. A sus cuarenta y tres años, el comandante mexicano tenía el rostro curtido por mil batallas y los ojos de quien ha aprendido a leer en el corazón de los hombres.

—Soldado Villanueva —dijo sin levantar la vista—, me informan que usted propuso cambios en nuestra formación defensiva.

—Sí, mi General. —Mateo dio un paso adelante, sintiendo la mirada escéptica de los otros oficiales sobre él—. Los franceses esperan que peleemos como lo han hecho siempre los ejércitos mexicanos. En formación abierta, sin coordinación. Si les presentamos eso, seremos masacrados.

—¿Y qué propone usted, un soldado sin formación militar, que mis oficiales no han considerado?

Mateo sabía que ese era su momento. En su vida anterior, había construido un imperio empresarial desde la nada, aprendiendo que la clave del éxito estaba en anticipar los movimientos del oponente y golpear donde menos lo esperaba.

—Guerra de guerrillas, mi General. Uso del terreno. Conocemos cada cañada, cada loma, cada escondite de estos cerros. Los franceses traen artillería pesada y formación europea. Hágalos pelear en terreno que no conocen, donde su superioridad numérica se convierta en debilidad.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un machete. Los oficiales se miraron entre sí, algunos con burla, otros con algo parecido al interés.

—Continúe —ordenó Zaragoza.

—Además, he notado que su caballería está posicionada en el flanco izquierdo. Si los franceses la atacan primero, perderemos nuestra ventaja táctica. Sugiero moverla detrás de la línea principal y usarla como fuerza de contraataque cuando los galos hayan comprometido sus fuerzas.

El General Zaragoza levantó finalmente la vista. Sus ojos se clavaron en Mateo con la intensidad de un depredador evaluando a su presa... o a un posible aliado.

—¿Dónde aprendió táctica militar, soldado?

—En los libros, mi General. Y en la escuela de la vida. —Mateo sostuvo la mirada del comandante sin titubear—. Sé que no tengo el rango para hablar, pero cuando vea a mis compatriotas morir por errores que podíamos evitar, mi conciencia no me permite quedarme callado.

Zaragoza se incorporó lentamente. Se acercó a Mateo hasta estar frente a frente con él.

—Lo que usted propone... es exactamente lo que he estado planeando. Pero no esperaba que un soldado raso tuviera la visión para verlo.

—Entonces, ¿me permite hablar con libertad, mi General?

—Habla.

—Esta batalla definirá el destino de México. No podemos permitirnos el lujo de las formalidades militares cuando el enemigo está a las puertas. Necesita hombres que piensen, no que solo obedezcan. Hombres que puedan adaptarse cuando el plan original falle. Yo puedo ser uno de esos hombres.

El General estudió a Mateo durante un largo momento. Luego, hizo algo que nadie esperaba: extendió su mano.

—A partir de este momento, eres Sargento Mateo Villanueva. Tendrás bajo tu mando una compañía de cincuenta hombres. Si tus tácticas funcionan, tendrás mi eterno agradecimiento. Si fallas y mis hombres mueren por tu culpa...

—No fallaré, mi General. Lo juro sobre la tumba de mi madre.

Mateo tomó la mano del General, sintiendo que su destino se sellaba en ese apretón. Pero mientras los demás oficiales lo felicitaban con renuencia, su pensamiento volaba hacia una hacienda a tres leguas de distancia, donde una mujer de cabellos oscuros y ojos de tormenta probablemente estaba siendo vendida al mejor postor.

*"Espera por mí, Valentina"* pensó con una ferocidad que lo sorprendió. *"No importa qué abismo nos separe, qué guerra nos divida. Te conquistaré como he conquistado todo en mi vida: con determinación absoluta."*

***

El banquete en honor al Coronel Duarte era un despliegue de opulencia que contrastaba grotescamente con la pobreza que asolaba al país. Valentina observaba desde su lugar en la larga mesa, vestida con la seda francesa que parecía una profecía de su propio destino.

El Coronel Sebastián Duarte era un hombre de cuarenta y cinco años, con el rostro marcado por la viruela y los ojos pequeños y oscuros de un reptil. Su uniforme francés brillaba con condecoraciones obtenidas en campañas que Valentina prefería no imaginar. Cuando la miraba, ella sentía que la desnudaba con la mirada, evaluando su valor como mercancía.

—Doña Eduviges —dijo el Coronel con una voz que parecía salir de una tumba—, su hacienda es impresionante. Cuando México caiga bajo la protección del Imperio Francés, me aseguraré personalmente de que los Monteverde sean recompensados por su lealtad.

—Es un honor servir a la causa de la civilización, Coronel —respondió Eduviges con una sonrisa servil que hizo que Valentina sintiera náuseas.

—Y su hija... —Duarte giró hacia Valentina con movimientos lentos, calculadores—. Es aún más hermosa de lo que me habían descrito. Será un orgullo tenerla en mi mesa y en mi cama.

Valentina apretó los cubiertos hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Cada palabra del Coronel era una violación anticipada, cada mirada un insulto.

—Coronel Duarte —logró articular con voz contenida—, quizás deberíamos esperar a que la guerra termine antes de hablar de bodas.

—La guerra terminará pronto, mi querida. —Duarte extendió una mano para acariciar la de ella, y Valentina tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no retirarla—. Los franceses son invencibles. En cuestión de meses, el Emperador Maximiliano gobernará México, y quienes estuvimos del lado correcto seremos recompensados.

—¿Y los que no? —preguntó una voz desde la puerta.

Todos se giraron. La tía Refugio estaba en el umbral, con los ojos brillando de una forma que Valentina nunca había visto. Su vestido negro de viuda parecía absorber la luz del candelabro, y su voz había adquirido una resonancia extraña.

—Tía, por favor... —comenzó Valentina.

—¿Los que no? —repitió Refugio, ignorando a su sobrina—. Los que luchan por México, los que derraman su sangre por nuestra patria... ¿qué pasará con ellos, Coronel?

El silencio que siguió fue roto solo por el crepitar de las velas. Doña Eduviges se puso de pie, pálida como un fantasma.

—Refugio, vuelve a tu habitación. No estás bien.

—Nunca he estado mejor, hermana. —Refugio avanzó hacia la mesa con pasos que parecían guiados por una fuerza invisible—. Tengo algo que decir. Algo que debería haber dicho hace veinte años.

—¡Cállate! —El grito de Eduviges hizo temblar los candelabros.

Pero el Coronel Duarte levantó una mano,

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