El Destino de Diego
Capítulo 4: La Batalla por el Amor y la Patria
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## Capítulo 4: La Batalla por el Amor y la Patria
El humo de los cañones teñía el cielo de Puebla de un gris funesto. Mateo Guerrero observaba desde lo alto de los fuertes, con el corazón desgarrado entre dos mundos, dos tiempos, dos destinos que se entrelazaban en un nudo imposible de deshacer.
En su memoria, grabada a fuego en alguna parte de su alma que aún pertenecía al siglo XXI, la historia contaba que el General Ignacio Zaragoza moriría meses después de esta victoria. Una enfermedad estúpida, una fiebre tifoidea que arrebataría al héroe de Puebla cuando México más lo necesitaba. Pero Mateo había jurado que esa historia no se repetiría. No mientras él tuviera aliento en sus pulmones.
—¡Mi coronel! —gritó un joven oficial, interrumpiendo sus pensamientos—. Los franceses avanzan hacia el Fuerte de Guadalupe. El general Zaragoza solicita su presencia.
Mateo asintió, ajustándose la charretera que había ganado con sangre y honor. Nadie en este tiempo sospechaba que aquel hombre valiente había nacido ciento cincuenta años después, en un mundo donde los imperios ya no existían y las batallas se libraban en tableros de negociaciones.
—Dígale al general que ahí voy —respondió con voz firme, aunque por dentro, su corazón latía con la furia de mil tormentas.
Caminó hacia el centro de mando, pero sus pies se detuvieron abruptamente cuando escuchó las voces que venían del salón contiguo. Una voz que conocía demasiado bien. Una voz que helaba su sangre y despertaba su ira.
—La evidencia es clara, general —declaró Duarte con aquella dulzura venenosa que lo caracterizaba—. Valentina Monteverde ha estado pasando información a los franceses. Sus cartas, encontradas en su aposento, confirman su traición.
—¡Mentiras! —la voz de Valentina temblaba, pero mantenía una dignidad que hizo a Mateo sentir orgullo y desesperación—. Esas cartas fueron plantadas. Duarte quiere silenciarme porque sabe que descubrí sus tratos con Maximiliano.
—¿Acuso yo también de traición? —Duarte soltó una carcajada—. General, esta mujer es desesperada. Su familia ha perdido todo, y ahora busca salvarse acusando a hombres honorables.
Mateo irrumpió en el salón. Valentina estaba de rodillas, con las manos atadas y los ojos hinchados de llorar. Pero cuando lo vio, una chispa de esperanza iluminó su rostro demacrado.
—¡Mateo!
—¿Qué significa esto? —demandó Mateo, colocándose frente a ella como un escudo humano.
El General Zaragoza, un hombre de rostro cansado pero ojos vivaces, suspiró pesadamente.
—Coronel Guerrero, esta no es su jurisdicción. El teniente Duarte ha presentado evidencia de espionaje contra la señorita Monteverde. La sentencia será ejecutada al amanecer.
—¿Ejecutada? —la palabra salió de su garganta como un rugido—. ¡Sin juicio justo? ¡Sin permitirle defenderse?
—En tiempos de guerra, coronel, la traición se paga con la muerte —Duarte sonreía, y en esa sonrisa Mateo vio todo el veneno del mundo.
Se arrodilló ante Valentina, tomando su rostro entre sus manos. Los demás desaparecieron; solo existían esos ojos color miel que lo habían hechizado desde el primer instante.
—Escúchame bien, Valentina Monteverde —susurró con intensidad—. No permitiré que te toque ni un solo cabello. Te lo juro por todo lo que soy, por todo lo que fui, y por todo lo que seré.
—Mateo, corre peligro —ella lloraba silenciosamente—. Duarte tiene aliados poderosos. No sacrifiques tu honor por mí.
—Mi honor eres tú —declaró, y besó su frente antes de levantarse y encarar a sus enemigos—. General, le pido veinticuatro horas. Demostraré que estas acusaciones son falsas.
—No puede otorgar eso, general —intervino Duarte—. La ejecución está programada para el amanecer. Las órdenes del emperador Maximiliano son claras.
—¿El emperador? —Mateo frunció el ceño—. México no tiene emperador. Somos una república.
Duarte sonrió con aquella arrogancia que lo hacía detestable.
—Ya veremos, coronel. Ya veremos.
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La noche cayó sobre Puebla como un manto de secretos. Mateo se deslizó entre las sombras del campamento militar, hacia la tienda donde sabía que encontraría al general solo.
—Pase, Guerrero —la voz de Zaragoza lo recibió antes de que pudiera anunciar su presencia—. Sabía que vendría.
El general estaba inclinado sobre un mapa, con velas consumiéndose alrededor. Su rostro mostraba el peso de mil responsabilidades.
—General, necesito hablarle de algo que sonará a locura.
—En estos tiempos, coronel, la locura es el único estado mental que tiene sentido —Zaragoza levantó la vista—. Hable.
Mateo respiró profundamente. No había forma de explicar lo que debía decir sin revelar una verdad que cambiaría todo.
—Mañana, en la batalla, usted ordenará una carga de caballería hacia el flanco izquierdo. No lo haga. Los franceses habrán posicionado artillería oculta. Perderemos doscientos hombres.
Zaragoza lo estudió con ojos penetrantes.
—¿Cómo lo sabe?
—General... yo vengo del futuro. Del año 2014 para ser exacto. Fui un historiador especializado en las guerras del siglo XIX, y un accidente me trajo aquí.
El silencio que siguió fue absoluto. Mateo esperaba incredulidad, quizás acusaciones de locura. Pero Zaragoza simplemente se recargó en su silla, entrelazando los dedos.
—Eso explica muchas cosas —murmuró finalmente—. Su conocimiento de tácticas modernas. Su forma de hablar. La forma en que mira ciertos objetos como si fueran reliquias.
—¿Me cree?
—He visto muchas cosas imposibles en esta guerra, coronel. Un hombre que viene del futuro no es la más extraña —Zaragoza se levantó, caminando hacia la ventana—. ¿Qué más sabe del mañana?
—Los franceses atacarán en tres oleadas. La primera será un amago hacia el centro, pero la verdadera ofensiva vendrá por el flanco derecho, donde esperan que nuestra defensa sea más débil. Si posicionamos allí a los batallones de San Luis y el de Zacapoaxtla, los rechazaremos.
—¿Y después?
—Después... —Mateo vaciló—. General, en mi tiempo, la historia cuenta que usted muere de tifoidea en septiembre. Meses después de esta victoria.
Zaragoza no mostró emoción alguna.
—Todos morimos, Guerrero. Es solo cuestión de cuándo.
—Pero no tiene que ser así —Mateo se acercó, con urgencia en su voz—. La tifoidea se transmite por agua contaminada. Si evita beber agua sin hervir, si mantiene una higiene estricta, puede sobrevivir. México lo necesita. Esta victoria de mañana será legendaria, pero sin usted, la resistencia se fragmentará.
El general permaneció en silencio por un largo momento. Cuando habló, su voz tenía un peso antiguo.
—¿Y la mujer? ¿Valentina Monteverde?
—Es inocente. Duarte trabaja para alguien más, alguien que quiere ver a México bajo un imperio títere de los franceses. Mañana, después de la batalla, le traeré las pruebas.
—No tengo autoridad para detener una ejecución ordenada por... ciertas fuerzas.
Mateo entendió las palabras no dichas. Zaragoza estaba limitado por la política, por las alianzas fragiles que mantenían unida la resistencia.
—Entonces me dará permiso para ausentarme esta noche.
—¿Para qué?
—Para salvar a la mujer que amo, aunque tenga que quemar el mundo entero en el proceso.
Zaragoza asintió lentamente.
—Tiene hasta el amanecer, Guerrero. Si no regresa para la batalla, lo declararé desertor.
—Estaré aquí, general. Se lo prometo.
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La hacienda Monteverde se alzaba en la oscuridad como un espectro del pasado. Mateo había recorrido los tres kilómetros que la separaban del campamento en menos de veinte minutos, impulsado por una desesperación que no conocía límites.
Conocía la hacienda de sus estudios históricos. En el siglo XXI, sería un museo, un lugar donde los turistas fotografiarían las baldosas que ahora pisaba con sigilo. La ironía no se le escapaba.
Dos guardias custodiaban la entrada principal. Mateo los neutralizó con los movimientos precisos que había aprendido en su entrenamiento militar, golpes que dejaban inconsciente sin matar. No era un asesino, aunque el tiempo lo estuviera transformando en algo que no reconocía.
El interior de la hacienda estaba en penumbras. Mateo avanzó por los pasillos que su memoria había estudiado en planos antiguos, hacia las mazmorras del sótano donde sabía que Valentina estaría prisionera.
Pero cuando llegó a la última puerta, se encontró con una escena que no esperaba.
Duarte estaba allí, conversando con un hombre alto y delgado, de cabello plateado y ojos fríos como el acero. Un hombre que Mateo reconocía.
—No puede ser —susurró, y el sonido de su voz hizo que ambos hombres se voltearan.
Rodrigo De la Torre sonrió con aquella malicia que Mateo recordaba de juntas de accionistas y batallas legales en el siglo XXI.
—Mateo Guerrero —dijo, con aquella voz culta que ocultaba un alma podrida—. Llegas justo a tiempo para presenciar el fin de tu pequeña rebelión.
—Tú —la palabra salió cargada de veneno—. Tú causaste el accidente. Tú me enviaste aquí.
—No te envié a ti específicamente —Rodrigo se acercó, con la calma de quien tiene todo bajo control—. El experimento de viaje en el tiempo era para mí solo. Pero tú tenías que interferir, como siempre. Tu maldita ética, tu obsesión con hacer lo correcto... me costó millones en el tribunal.
—Así que me seguiste.
—No fue difícil. Mis científicos perfeccionaron el proceso. Llegué aquí hace tres años, mientras tú apenas tienes meses. Tiempo suficiente para convertirme en el consejero más cercano de Maximiliano, para tejer una red de poder que tú no puedes ni imaginar.
Mateo sentía que el mundo se le caía encima. Todo tenía sentido ahora. La rapidez con que Duarte había ascendido, las extrañas coincidencias, el conocimiento que ciertos enemigos parecían tener de sus movimientos.
—¿Por qué? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
—Porque aquí tengo poder. Poder real, no el poder artificial de las juntas directivas y los mercados bursátiles. Aquí, yo moldeo el destino de naciones. Y cuando Maximiliano sea emperador absoluto, yo seré el verdadero gobernante de México.
—México nunca será un imperio. La historia dice que...
—¿